15 mayo 2006

COLORES VITRALES

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Un grito, descarriado en el abismo de aquel amor no confesado, se hizo cruel.
El eco despertó medusas que dormían en el palacio de las pasiones, tanto tiempo olvidadas.
Todo comenzaba a cambiar.
La duda arañaba la fuerza para amarla con la intensidad que ella le estaba pidiendo.
¿Cómo pudo prometerle, en aquella fiesta de vino y rosas, bellas noches de amor y sexo, si no estaba seguro de poder cumplir?
Los “jeans” seguían atrayendo su mirada.
Pensamientos apasionados, desbordados, crecían rojos y negros, como amapolas entre apretados trigales, sobre la espléndida figura de aquella mujer que, desde este verano, compartían el mismo apartamento de Montmatre, sin intimidad alguna.
Parecía el final de la senda que, entre sombras amarillas de un desierto preñado de vientos estériles, conducía por fin a la cumbre de fulgor y quimera, que le permitía ver los albores de un amor tan necesario para recuperar su autoestima.
En la espesura de los últimos enigmas planteados en relación a su nueva aventura amorosa, brillaba la alegría de colores vitrales rotos al contemplar el cuerpo tan deseado.
La culpa de que los sauces que crecen en el lugar sagrado de cada uno de nosotros tengan la forma de fuente encantada, es de los faunos del amor. Cuando el viento de la esperanza abraza con fuerza su tronco, y acaricia el caudal de sus ramas, suena una melodía que conjura el misterio boscoso del inconsciente
Hasta ahora, dormía entre sábanas de amores muertos, bajo el fresno silvestre del olvido. Pero como siempre, la primavera vuelve al reclamo de los alisos florecidos.
Caminaba deprisa, siempre con prisas tras el amor corriendo, y no sabía que lo llevaba a su lado.
Esa sombra, ese amor que le ahogaba en silencio, era ahora, tierra sin pisadas, compañía que inquietaba su vida: flor silvestre de un jardín olvidado, burbujas de colores, luciérnaga, mitad luz, mitad sombra.
Los árboles del bosque dormitaban sin viento. La vieja luna, sobre las aguas mansas de los ibones, jugaba con las sombras de los pinos. Su alma se inquieta. Sin navegar en los mares del pútrido pecado, sin relinchar de pasión, desea dormir en el regazo de sus gemelos albinos, besar el ombligo elíptico que da paso a un laberinto sembrado de temblores. Le angustia no navegar por el proceloso pubis que, noche tras noche, duerme sobre su vientre de luna llena.
Allí, cerca del cielo, en el apartamento compartido, deseba morir consumido por el fuego de la pasión juvenil que le ofrece su bella compañera.
ATHO
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