21 agosto 2009

AMORES PASAJEROS DEL VIENTO

La luna acumula oscuridad en los rincones. Nadie en la calle; en las fachadas, silencio. Una mujer joven anda por la acera, se tambalea. Se detiene. Mira a derecha e izquierda, y se dirige al centro de la calzada. Los adoquines se mueven al recibir sus pisadas. El ruido que producen se rompe tras sus pasos. En dos minutos se planta delante de una entrada custodiada por dos tilos. Introduce la llave en la puerta, sus manos tiemblan como las hojas de los árboles. Da un portazo y, el eco, turba la paz del silencio.
La noche alarga sus manos y recoge la única luz que sale de la ventana de tercer piso del número 40. Una nube oculta la luna. Las sombras son dueñas de la calle y del silencio. También de la ventana.
Ha venido al valle para olvidar la montaña. Está invadida de una inquietud, que le hunde en un rumor de melancolía. Los recuerdos regresan de la lejanía, movidos por un viento extraño, llenos de esa triste desconfianza que nació entre los dos. Los pensamientos, vestidos de tanta lluvia enigmática, se inundan de nostalgia. Ahora, siente no ser yedra en el cuerpo del que fue durante el último verano, su tórrida pasión. El amor como un río, acarició las orillas de sus vidas, pero, al final desapareció en el mar del olvido.
Desde un rincón, bajo un reloj de cuco, un gato negro maúlla

Las sombras del anochecer duermen. La luz de la luna chisporrotea entre las nubes grises. Se sienta en la acera. Contempla la calle y la luz de la ventana. La misma luna ilumina sus ojos. Los tiene sumidos en lágrimas. El silencio viene húmedo y frío. Se oye el rumor del viento. Revolotean algunos pájaros en los aleros El día ha muerto sobre los tejados.
Cuando amanece, ya nadie contempla la ventana sentado en la acera.
El moreno en la duna de su piel, brilla, ella no pierde vista al cielo. Brazos y piernas llenos de luz. Ánfora su cuerpo, quiere amor y sexo. Llora pequeñas muertes al viento que aúlla. Siempre esperando. Otro otoño sin él. Melodías tristes se posan en su cara. Sus recuerdos son caricias que hilvanan suspiros de pasión, ahora vestidos de niebla.
Qué puede ser el destino. Está deseando un suceso, un encuentro fortuito que le aporte una felicidad soñada, y nada acontece. Y eso que se prepara palabras, gestos, pensamientos, nada, no sobreviene. Nada que le traiga otro amor.
¿De qué sirve la libertad si no se sabe qué hacer cuando llega?
De la oscuridad de las intenciones ¿puede surgir el céfiro que anuncie la llegada del amor deseado?
Tal vez, se deba acceder con la mente al amor a través de los sueños, como se alcanza el reino de Shambalah.

El silencio, víctima del despecho, es propicio para desear hacer el amor con desapego. Pero, lo que puede parecer lujuria, es total abandono del amor. Se piensa hacer para confirmar la propia soledad. Hacer frente a la adversidad.

Todo parecía perdido. Ya, nunca sentirá al rozar su piel, ese cosquilleo tan cargado de sexualidad. Pero pasado algún tiempo, a principios del verano, coincidieron en una librería de viejo en Montmatre. Se saludaron con un beso en cada mejilla, sonrieron. Hablaron de literatura, de inglés, de vacaciones… Él le invitó a tomar un café en el bar “Les Ètoiles”. Y siguieron contándose momentos de su vida. Él, acariciaba sus brazos morenos y, ella, consentía, y ella, volvió a sentir cosquillas, pasión por sus arterias, y, a él, el olor de su piel, de sus turgentes pechos, inundaba su cerebro. Quedaron para otro día.

Por fin apareció. Sonriente, miró hacía la mesa donde estaba él. Sus miradas eran el único lenguaje. Jesús de Nazaret volvió a la vida a su amigo Lázaro, El destino volvió a resucitar el amor que yacía algún tiempo muerto. Un beso apasionado en los labios trémulos. Nada se dijeron. Solo las miradas lanzaban mensajes de ternura.

Ellos traían una expiación muy deseada. Abandonar sus amores anteriores, con toda lealtad, por la dificultad de conseguir sus encuentros anónimos. Cuanto menos se dejaban ver, cuanto más huían de las personas conocidas, de sus familiares, más la pasión de los sentidos se acrecentaba.



La montaña tan hermosa parece una efigie egipcia. Sus laderas abrazan los valles. Al amanecer, las nubes acarician su cresta dejando un brillo esmeralda en los pinos. Donde nace la senda que lleva al sur, van cogidos de la mano. No se dicen nada. Caminan bajo una suave llovizna. Parece la misma lluvia de su reencuentro en París.

Exprimían aire de suspiros y bebían el líquido amargo de los malos recuerdos de la separación. Su resistencia ante la destrucción de su amor. Temían, que, como los pétalos de anémona, al menor soplo, sus amores fueran esparcidos en el olvido. Decidieron beber vino de loto, y olvidar las penas.

Recién encendida, una farola de tronco retorcido, alumbra gris, los muros de la iglesia del pueblo, que, con su puerta abierta, acentúa las sombras del atardecer. Una paloma que vigila sobre la mano pétrea de la estatua del santo, inicia el vuelo para ocultarse en el campanario medio derruido. Las copas de los árboles teñidas de rojo ocaso se reflejan en el río. Las nubes custodian la última cumbre. Los aldeanos regresan a sus casas cansados de la siega.

La pareja caminan unidos por el hombro, cogidos de la mano, en busca del último abrazo del día. La senda que conduce a la casa de turismo rural, dejan atrás los campos rubios de mies. En el patio son recibidos por unas mazorcas de maíz, que penden tristes de las vigas de madera. Junto a estas, unas colleras bostezan a su lado. Los balcones están adornados con macetas de cactus. Han florecido flores blancas, estrelladas, hacen olvidar sus púas. La calle está desierta. La campana de la torre del cementerio, inclinada y muda, deja ver su badajo oxidado. Está cansada de otear el horizonte. Está sola, En este momento, ni las nubes le acompañan.
La figura de un Niño en la cuna, sobre una mesa camilla, en el pasillo, está rodeado de un monedero, una funda de gafas, un cepillo de dientes y otro del pelo, una radio, un botellín de champú, una diadema y … a pesar de todo, el Niño sonríe.
Ha llegado la noche. Sigue la lluvia. Las luces de las farolas rielan sobre el pavimento. Las sombras son fantasmas en los balcones. La torre del campanario de la ermita que se divisa en la cima del monte, brilla con los últimos rayos de sol que deja pasar la lluvia. En la bodega, las cubas de madera de roble y castaño, guardan el vino. Telarañas cubren su cuerpo.
Sentados junto al hogar, contemplan una foto de una calle de New York. Un vagabundo sentado en la acera de un callejón, parece hablar con un gato. Tal vez le cuenta su último amor, ese que se desprendió de su vida como cuando las hojas de otoño son arrancadas al paso del viento.
Sin decirse palabra alguna, ambos están pensando si también su amor será pasajero de ese viento, a pesar de la resistencia vital que ambos están ofreciendo.

Han pasado siete años. Ella vivía pensando que nunca sería olvidada. El amor se hallaba en su corazón, y conspiraba para derribar el miedo a conocer la realidad, la resistencia a las adversidades que poseía, desde algún tiempo había variado, era más débil. Él, le dedicaba las más bellas y tiernas palabras, pero sospechaba, que a veces, los hombres ofrecen lo mejor a aquellas mujeres a quien traicionan.
Completamente derrumbada recurrió a una bruja de mucha fama. Los huesos de una espalda de un animal muerto reaccionaron mal ante el fuego. Le recomendó que lo olvidara. Ante la duda del augurio, recurrieron al espejo negro de obsidiana. Reflejó todo lo nocivo y maligno que llevaba consigo esa relación. Sumergida en una espesa niebla, fue aplastada por las dos profecías. Ni las antorchas de abedul, portadoras de felicidad, consiguieron contagiar su alma.
Ella no fue capaz de ejercer control sobre las circunstancias de momento.

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